miércoles, 21 de mayo de 2008

Misandria y Ginarquía.

La Misandria o Misoandria es una valoración negativa o nociva de los hombres, potenciadora de aversión, desprecio, minusvaloración, rechazo u odio hacía la figura masculina y transmitida culturalmente hasta el punto de convertirse en un elemento educativo.

Las referencias a este término están en correlación directa con las demandas de diferentes colectivos defensores de los derechos de los hombres, como puedan ser las Asociaciones de Padres de Familia Separados o APFS, los grupos como Mandefender y los movimientos de hombres de cuño masculinista que se encuentran actualmente en una etapa de desarrollo incipiente pero cada vez más organizada y presente en la Sociedad.

Siguiendo con las valoraciones del tema realizadas por estos grupos, el origen de este fenómeno es dual y se consideran generadoras del mismo algunas tendencias feministas fuertemente influenciadas por un claro sentimiento antivarón, así como diferentes discriminaciones de género vinculadas social e históricamente con los hombres, a partir del rol de género que la Sociedad les asoció desde sus primeras etapas de desarrollo.

Entre las tendencias de la ideología feminista que potencian la misandria o misoandria, destacan fundamentalmente aquellas más radicales que han equiparado el esquema marxista de la lucha de clases a la relación social e histórica de los dos sexos mediante un esquema maniqueísta que equipara lo masculino con lo privilegiado y opresor, y lo femenino con lo discriminado y oprimido, favoreciendo así este sentimiento de odio mediante una descripción básicamente negativa de lo masculino. Al mismo tiempo el actual Feminismo de Género, hace suya buena parte de esta interpretación sobre el significado de los dos sexos, potencia la expansión social de estos tópicos e incluso legisla en base a ellos desarrollando una Legislación de Género claramente tendenciosa en contra de los varones, ya que culpabiliza y castiga más severamente en base a la simple masculinidad de la parte acusada, dando lugar al desarrollo de leyes de autor en contra de los hombres.

La Misandria o Misoandria surgida del feminismo tiene diferentes apariencias y en sus formas más severas ha expresado un claro posicionamiento a veces utópico en favor de la guerra de sexos y una apología del exterminio o la limitación demográfica severa de lo masculino. En sus formas menos severas favorece mensajes de descrédito, burla o comparación desmerecedora de lo masculino frente a lo femenino, inculcando un esquema psicológico y conductual en el que el hombre vea y considere su imagen como inferior a la de la mujer, asumiendo inferioridad respecto a esta, y la mujer entienda y acepte su imagen como superior a la del varón, en todos los campos fundamentales del desarrollo personal. Esta tendencia al desprecio y culpabilización de apariencia más moderada da lugar en ciertos casos a nuevos posicionamientos radicales, cuando configura una percepción sexista y discriminatoria de la Humanidad según la cual ésta tendría sus representantes más aventajadas y evolucionadas en las mujeres, respecto a las cuales los hombres serían seres de segunda categoría, superados por ellas en la mayor parte de valores o capacidades, salvo en los relacionados con la fuerza física o la potencia y resistencia del esfuerzo muscular, y en los que se defiende la relación heterosexual a la luz de un nuevo prisma, según el cual el hombre debe quedar subordinado a la mujer en virtud de sus supuestas limitaciones intelectuales, biológicas y morales respecto a esta.

Surge así el llamado Movimiento Ginárquico, o de gobierno de lo femenino, marginal pero de tendencia internacionalista, el cual replantea bajo este pilar básico de superioridad femenina todos los aspectos de la convivencia social, desde el nivel del poder político a los aspectos más cotidianos o íntimos de la convivencia familiar, donde el hombre también debería acatar el mando de la mujer, expresando esta subordinación a partir de nuevas conductas sexuales, rituales de socialización y relación entre los dos sexos en los que el domino y privilegio femenino fuesen más que patentes y frecuentemente reconocidos por los hombres- que llegan a ser denominados por ciertos sectores especialmente extremistas de este movimiento como submachos y a los que consideran pertenecientes a una categoría inferior a la de los animales desde un punto de vista evolutivo- a través de diferentes conductas de doblegación, sometimiento, alienación, humillación, maltrato físico y psicológico, esclavización y control sexual, discriminación, explotación de lo masculino en beneficio de la mujer, y en los posicionamientos más radicales dentro de esta tendencia política la castración, el asesinato de los hombres no dispuestos a cooperar con los fines y principios de la ginarquía, la privación de cualquier derecho a los varones respecto a las mujeres o incluso el exterminio o extinción de lo masculino en el momento en que esta opción resulte viable para la sociedad ginárquica.

En su vertiente nacida de las discriminaciones de género masculinas, ciertos representantes de los movimientos masculinistas consideran que la misandria ha tenido y tiene también una significativa influencia social e histórica resultado de dos de las principales y más atávicas de estas discriminaciones, por un lado “la competencia extrema entre varones” y de otro “la vinculación de lo masculino al riesgo”, fruto ambas de la división de roles asignada por la Sociedad a ambos sexos en los primeros colectivos humanos en virtud de sus diferencias biológicas, la cual origino una orientación y capacitación de lo masculino para el dominio y control del medio externo, más arriesgado y dañino sobre todo en épocas pretéritas, de lo que lo era el medio interno o doméstico, asignado fundamentalmente a la mujer.

De la primera de estas discriminaciones, “la competencia extrema entre varones”, han surgido las guerras, la desunión y el enfrentamiento masculino, la falta de solidaridad entre varones y de esta la incapacidad transmitida educativamente a los hombres para configurar un movimiento unitario masculinista en las actuales sociedades democráticas, handicap no vivido por las mujeres y que ha facilitado su movimiento particular encaminado a resolver sus propias discriminaciones, aumentando este hecho la deuda histórica de la Sociedad con los hombres, al no facilitar ésta su concienciación como grupo o movimiento unido de liberación. El feminismo agravaría esta situación al definir al hombre como privilegiado social e histórico, mentalizando aun más a la Sociedad para insensibilizarse ante las discriminaciones masculinas, hacerlas invisibles y a partir de ahí perpetuarlas.

De la segunda, “la vinculación de lo masculino al riesgo”, se ha derivado el

asociar con lo masculino tendencias autodestructivas, una mayor indiferencia

al sufrimiento de los hombres y la aceptación con un muy escaso grado de

sonoridad o alarma social de la figura masculina en situaciones de peligro,

daño, discriminación o perjuicio, aunque estos sean severos.