miércoles, 29 de junio de 2011

No existe un sexo barato. Hombres y mujeres valemos lo mismo.

Por Gustavo Revilla.

(Para entender esta entrada, debe leerse primero la columna de opinión adjuntada a través del siguiente link.)

http://findesemana.libertaddigital.com/el-sexo-valioso-1276238991.html

El artículo titulado “el sexo valioso” es para mi otro ejemplo de discriminación y odio en contra de los hombres. Quien lo escribe, Remedios Morales, al parecer un seudónimo, desarrolla básicamente la idea de que la mujer vale más que el hombre, que ella es el sexo valioso y nosotros los hombres el sexo barato, término despectivo repetido en multitud de sus artículos, lo cual, conlleva, que la sociedad reserve para la mujer un mejor trato que el dado al hombre, asumiendo que las tareas más peligrosas sean realizadas mayoritariamente por nosotros, como realmente ocurre y ha venido ocurriendo durante toda la historia de la civilización, con las trágicas consecuencias que esto ha ocasionado para los varones.

Con un lenguaje que es una mezcla de cinismo, mala voluntad y prepotencia sexista se nos intenta convencer a los hombres para que aceptemos una posición de perjuicio y discriminación respecto de las mujeres, como si eso fuese sencillamente natural, ya que por nuestro sexo, somos menos significativos para la especie. Sin embargo, esta afirmación es más que discutible, y en segundo lugar, incluso si tuviese cierta parte de verdad los hombres, organizados y unidos, podríamos trabajar para resolverlo. Si lo deseásemos y nos agrupásemos para ello en un plazo de pocos años podríamos corregir cualquiera de estas desventajas, no resignándonos a una peor posición ni para nosotros ni para nuestros hijos, tal y como la racista sexual autora de este artículo nos propone.

Esta privilegiada, consciente de su situación, nos pide que asumamos este Statu quo y no apoyemos acciones hacía un cambio de rol más igualitario, claro está, cuando el resultado de este cambio pudiese arrebatar ventajas al que ella considera su grupo y corregir perjuicios sufridos por el nuestro. Existe en buena parte de los artículos de esta escritora una constante tendencia al ataque contra los hombres, de un modo sesgado y repetitivo, propio de una misándrica que comprende como en una sociedad tan hostil con el sexo masculino, y en la que se dan tantos precedentes de agresiones en nuestra contra, ella tiene una buena ocasión para atacarnos también, sin que nadie nos defienda. Hasta la fecha. Afortunadamente los hombres estamos cada día más hartos y dispuestos a contestar ante estas acciones de descrédito y ofensa. Según ella los hombres deberíamos aceptar ser sexo barato y resignarnos. Pero esto es así porque Remedios Morales está acostumbrada a tratar con hombres que no se defienden frente a esta clase de ideas, que no están aún correctamente sensibilizados o preparados para criticar las violencias hembristas y sencillamente guardan silencio.

No es conveniente que las mujeres hagan trabajos peligrosos. Tampoco lo es que los hagan los hombres. Y si los hombres los realizan mayoritariamente porque este rol les ha sido reservado durante siglos, estamos ante una discriminación de género masculina, la cual, en una sociedad justa, debería tratar de resolverse como cualquier otra discriminación de género sufrida por mujeres. Esta sería la forma igualitaria y honesta de plantear las cosas. Por el contrario, el egoísmo y las mentiras distorsionadas de esta autora tratan de colonizarnos con la insensible e inhumana idea de que esto es lo normal y aceptable mientras los muertos, accidentados graves, y perjudicados por esta situación seamos los hombres. Esta actitud está a un paso de la defendida por feministas radicales del estilo a la gran fracasada y autodestructiva hasta la muerte prematura Valerie Solanas, la cual no sólo nos comparaba a los hombres con la mierda, y nos definía mediante insultos, cualidades negativas y desprecios en su manifiesto SCUM, sino que además abogaba por nuestro exterminio y nos exigía participar en él matando a otros hombres.

La postura de Remedios Morales no es tan grave como la defendida por Valerie Solanas, pero tiene puntos comunes, ya que si bien no nos pide que matemos a los demás hombres, nos dice que miremos para otro lado mientras determinadas discriminaciones de género así lo hacen. Esto es lo mismo que dejar a los hombres solos y desasistidos mientras se potencia la unión y solidaridad femenina. El contraste entre estas dos posturas es muy significativo a nivel social y político, con un sexo organizado para apoyarse y defenderse y otro que no se fortalece y organiza para defender sus causas. Así la postura de la autora es discriminación pura y dura, dejando para los demás lo que no quiere para ella, ni para quienes considera sus iguales, exclusivamente las mujeres, en una actitud por un lado separatista (decir que las mujeres son el sexo valioso y que los hombres somos el sexo barato es lo mismo que establecer una frontera entre ambos sexos, dejando para los varones la posición de inferiores) y por otra reaccionaria, al estar claramente orientada a la conservación de sus privilegios.

No falta un intento de culpabilizar a los hombres ante esta situación. Nos dice refiriéndose a las tribus antiguas: “da la sensación de que los hombres de las sociedades primitivas estaban programados para exponer el pellejo de forma gratuita e insensata. La llamada de la testosterona los empujaba a vivir al límite haciendo burradas. Ya en la adolescencia, debían superar rigurosas pruebas de iniciación, pero era sólo el principio. Los cazadores no podían resistir la tentación de jugarse la vida por un animal peligroso que, aunque no sirviera para comer, tenía colmillos, garras o melenas con las que adornarse y hacerse el farruco”. O “Pero el mayor entretenimiento consistía siempre en liarse a guantazos con el enemigo y traer alguna cabellera sanguinolenta o una cabeza completa para sus colecciones. Ahora los chicos tienen que conformarse con el deporte, con darle gas a la moto y con pelearse después del fútbol o el botellón.”

Pero a partir de este punto es necesario preguntarse porque los hombres están dispuestos a asumir los peligros con mayor temeridad que las mujeres o enfrentarse entre si con un grado tan elevado de violencia. Los hombres por rol, por discriminación sexual, han tenido que aprender la competencia extrema entre varones y la vinculación de lo masculino al riesgo. Esto les ha llevado a valorar el alarde, el peligro y el enfrentamiento con los de su mismo sexo hasta niveles claramente nocivos. El que existan hombres que en un constante reto y competencia con los demás hayan estado dispuestos a perseguir a la presa más peligrosa o que actualmente conduzcan sus vehículos de un modo a todas luces temerario está relacionado con estos hechos. En estas situaciones se espera que los hombres resuelvan la situación atendiendo a algo más que la solución simplemente práctica. Deben demostrar una habilidad extra para impresionar a los demás hombres (posibles competidores) y a las mujeres (que les valorarán y apoyarán más si pasan por pertenecer al grupo de los mejores), dando una imagen social destacada ajustada con la imagen de hombre seguro, capacitado y emprendedor que tan vinculada se encuentra con la imagen del varón ideal y que en ciertos casos y llegando al extremo conduce a las frecuentemente peligrosas conductas de la hiperhombría. No debería ser así, pero han sido discriminaciones nacidas de la vinculación hombre-mujer y el diferente rol asignado por la sociedad desde la prehistoria a cada sexo, con el simple propósito de perpetuar a la humanidad. A hombres y mujeres se les han asignado roles y actitudes diferentes, el feminismo se encarga de criticar y corregir en buena medida las que han afectado en negativo a las mujeres y ocultar las que afectan a los hombres, a los que define como privilegiados, mediante un proceso de análisis incompleto y selectivo que está incapacitado desde su base para hacer igualdad.

También debe entenderse que para aprender a afrontar el peligro es necesario hasta cierto punto volverse inconsciente de la gravedad que este supone, de lo contrario los hombres podrían haberse negado a combatir en las guerras o participar de las actividades de riesgo para los que la sociedad les reservaba como principal material humano, mientras las mujeres se ocupaban del entorno doméstico, la gestación y la crianza de los niños, en una posición mucho más protegida. Así la sociedad ha optado por entrenar y mentalizar a muchos hombres para arriesgarse más de la cuenta, al insensibilizarlos ante la gravedad de lo que están haciendo, precisamente, para que no se nieguen a hacerlo y lo asuman voluntariamente. Y a los que se han resistido demasiado a este proceso de insensibilización se les ha coaccionado para que finalmente asuman su rol, al reservar preferentemente para los varones las tareas más peligrosas (condicionándoles así por cuestión de la pura supervivencia económica a participar de estas situaciones por muy en contra que estuviesen de ellas), enrolándolos en el ejercito a la fuerza y aplicándoles severas disciplinas y castigos si en un momento dado desobedecían o desertaban, o utilizando argumentos y constructos culturales que se asociaban con la masculinidad y trataban de dificultarles el aceptarse a si mismos si no asumían la vinculación de lo masculino al riesgo o las diferentes formas de la competencia extrema entre varones. Las frases del estilo a “atrévete, no seas gallina” “los hombres no lloran” la tendencia a no compartir el propio mundo emocional con los demás hombres, o el rechazo de la homosexualidad masculina son algunas expresiones de esto.

Realmente y siendo tan crudo y sexista como lo es Remedios Morales podríamos decir que desde tiempos inmemorables las mujeres han cuidado su apariencia física más que los hombres y los rituales de la antigüedad de modificar ciertas partes del cuerpo o utilizar abalorios tienen su reflejo actual en los salones de belleza, las clínicas de cirugía estética, o en la tendencia de ciertas jóvenes a caer en la anorexia sólo porque el actual referente de belleza femenino está representado frecuentemente por modelos de alta costura, extremadamente altas y delgadas. Continuando en su misma línea un machista consideraría que esto es así porque la mujer por su naturaleza debe satisfacer al varón sexualmente y por eso vive tan obsesionada y afronta tantos sacrificios, algunos incluso peligrosos para su salud, con el propósito de cuidar su imagen y parecer atractiva a los hombres. Pero no es así. La realidad es que la excesiva preocupación por la belleza física es una tendencia que la sociedad ha impuesto a las mujeres en mayor medida que a los hombres, y las chicas que caen en la anorexia son víctimas de una peligrosa discriminación que debe corregirse. Como puede comprobarse el análisis de un machista radical es básicamente el mismo que realiza la autora, cambiando la posición de las víctimas y los privilegiados, pero esto no es extraño, porque sexistas los hay en todas partes y su equivocada percepción no depende de que sean hombres o mujeres.

Un error similar de apreciación aparece en la mentira de que la sociedad se ha recuperado fácilmente de la muerte masiva de hombres. Uno de los dramas y agravantes más conocidos y extendidos para los niños de todas las épocas y latitudes es precisamente el tener que crecer sin padre. Es verdad que la sociedad recupera su equilibrio tarde o temprano pero la situación dista mucho de ser la misma. En realidad desde un punto de vista puramente sociológico la persona en pequeñas o grandes cantidades es fácilmente sustituible, pero esto afecta igual a hombres que a mujeres. Enfocar las cosas a la manera de la negativa y embrutecida Remedios Morales es muy inhumano, y aunque ella no lo entienda, puede llevarnos fácilmente a conclusiones que perjudiquen a ambos sexos. Por ejemplo, también en sociedades como la India se está provocando el asesinato o el aborto selectivo de niñas, en cantidades enormes y bárbaras, y esta sociedad sale adelante, más aún, India es uno de los países que con mayor éxito ha pasado la crisis económica, manteniendo unas elevadas tasas de crecimiento económico desde el comienzo de la misma. Se la considera como uno de los países emergentes más exitosos, uno de los futuros gigantes económicos del siglo XXI. ¿Podemos decir que las mujeres son el sexo barato porque en la India las están matando de niñas o las están abortando masivamente antes siquiera de nacer, mientras el país sale adelante y próspera? Esta conclusión despiadada hasta el extremo es la misma que ella ha dado a entender sobre los hombres para los períodos de guerras, cuando muchos jóvenes o casi adolescentes en la plenitud de la vida han sido masacrados de un modo atroz en el campo de batalla. También debe aplicársela al enorme número de hombres muertos por accidentes laborales, con más de 1000 muertos anuales sólo en España, tres al día. En nuestro país un 97% del total de muertes laborales son sufridas por varones, el “sexo barato” que, según Remedios Morales, se merece por su menor importancia ser reservado para estas situaciones. India puede prosperar a pesar del elevado infanticidio de niñas porque es un país superpoblado, con una gran cantidad de personas jóvenes en los niveles inferiores de la pirámide de población y unas elevadas tasas reproductivas y de nacimiento de niños, donde las mujeres apenas reciben educación y desde la fría planificación económica esto las vuelve más prescindibles, ya que para el circuito de desarrollo político y social hacen falta personas cualificadas que impulsen el progreso, en la India un perfil que coincide más con los hombres. Pero esto no significa que los hombres sean el sexo valioso y las mujeres sean el sexo barato. No existe tal cosa. La dignidad está en la persona. Nacer hombre o mujer viene después y por ello ningún sexo vale más que otro. O al menos así debería ser cuando buscamos la igualdad.

Cuando se siguen y discuten los argumentos de las ultrafeministas uno nota como su falta de escrúpulos e incluso su odio en contra de los hombres las degrada hasta permitirlas hablar sobre las muertes de hombres como si fuesen simples números, o como si tuviesen algo que celebrar cuando las estadísticas nos hablan del sufrimiento masculino. A pesar de esto el actual pensamiento políticamente correcto las ampara sin merecérselo. Pero su postura es un ataque en toda regla contra un grupo humano, solo comprensible porque es el grupo menos organizado para defenderse que existe. Estos análisis u otros similares presentes entre las muchas miserias de la ideología feminista nunca se aceptarían, serían inmediatamente marginados de realizarse en contra de mujeres, y esto es justo, porque este odio debe ser apartado de una sociedad respetuosa con ambos sexos para evitar que prolifere y traiga peores consecuencias. Lo que es injusto es que no se haga lo mismo cuando el mensaje ataca a los hombres.

La autora tiene una marcada tendencia a utilizar los criterios animalistas para definir la situación de los dos sexos. Este hecho es patente en otros textos suyos. Pero los criterios animalistas son muy difíciles de aplicar al ser humano, ya que en este las tendencias instintivas se ven superadas o modificadas en buena medida por la actividad del córtex cerebral, el nivel de cerebro más externo y evolucionado que en el resto de las especies animales o no existe o apenas se desarrolla, y donde residen las facultades que nos definen como humanos y dotan de nuestra inteligencia superior, tales como el uso del lenguaje, el pensamiento abstracto etc. Así que comparar a los hombres y mujeres con los machos y hembras de otras especies resulta ignorante y limitador. Efectivamente, si tomásemos como referencia el mundo animal como base de la conducta de los dos sexos sería muy poco lógico suponer que los hombres pudiesen hacerse cargo de los hijos y las mujeres desempeñar tareas de mando en las sociedades, ya que en casi todas las especies estas labores no se corresponden con estos sexos. Sin embargo a medida que los roles se han igualado tanto los hombres como las mujeres han avanzado con fuerza en estos terrenos, lo cual demuestra que la zoología general no sirve para entender al ser humano, mucho más complejo en capacidades de lo que son los demás animales.

Más aún, los argumentos basados en posturas meramente animalistas no suelen ser definitivos ya que resultan muy acomodaticios para hablar a favor o en perjuicio de cualquiera de los dos sexos según el interés de quien opine. Son un “arma de doble filo” que podría utilizarse para limitar a hombres y mujeres por igual y lo que es más grave, son un mal elemento de diagnóstico, bastante menos representativo que otras evidencias mucho más directas del potencial de ambos sexos. Ahora, son útiles para hacer análisis tendenciosos y arbitrarios, ya que estableciendo la comparativa o el ejemplo que a cada cual más le conviene se puede poner en lo más alto a un sexo o en lo más bajo al otro. Son por lo tanto ideales para defender la desigualdad, que es lo que le interesa a esta feminazi en su artículo.

Igual de criticable por arbitrario resulta citar un estudio antropólogico que parece defender que la desaparición de los Neandertales se debió a que “Los pueblos que no saben salvaguardar a sus mujeres –y a sus niños– no tienen futuro. Nuestra especie llegó de África cuando Europa estaba poblada por los neandertales y, según parece, si nosotros sobrevivimos y ellos se extinguieron fue porque nuestros antepasados siguieron una máxima de economía biológica consistente en dejar para el sexo barato –los hombres– las actividades peligrosas. Los antropólogos Mary C. Stiner y Steven L. Kuhn, profesores de la Universidad de Arizona, sostienen la hipótesis de que la extinción de los neandertales se debió a que las mujeres y los niños cazaban, igual que los hombres, animales grandes y peligrosos.”

La realidad es que la comunidad científica aún no se ha definido por ninguna teoría que explique esta extinción, y la teoría mencionada es una de las muchas que aspiran a ello. Resulta improcedente darle una supremacía que no tiene respecto de las demás, al menos hasta que no se le reconozca como favorita. Puede ser incluso una teoría de tercera sólo mencionada oportunistamente por tener un trasfondo que beneficia la postura de la autora. De hecho y para añadir información sobre el tema la teoría que mayor credibilidad merece a la comunidad científica justifica la extinción de los Neandertales sin hacer referencia para nada a que los niños y las mujeres participasen en la caza, si es que realmente lo hacían. Se cree que la causa fundamental de esta extinción fue una mezcla entre el cambio climático y la competencia con los Homo Sapiens, más evolucionados cerebralmente y mejor adaptados desde el punto de vista tecnológico y social. El cambio climático favoreció un nuevo entorno de fauna y flora, basado en el terreno de estepa y los animales de gran tamaño para los que el instrumental de caza de los Neandertales, adaptado a animales de bosque, no resultaba eficaz. La llegada del Homo Sapiens con su mayor capacidad cognitiva y su tendencia a formar grupos más numerosos supuso una dificultad añadida a los problemas de los Neandertales ya que la nueva especie acaparaba más recursos fundamentales para la supervivencia, al cazar mejor y adueñarse de las mejores cuevas y refugios naturales.

Es evidente que la autora prefiere apoyar su postura de desprecio de lo masculino en vez de indagar por la verdad, ¿como sino ha escogido una teoría apenas conocida para explicar este caso sin mencionar la más valorada por la comunidad científica? Por la sencilla razón de que tiene bien interiorizado su propósito de atacar y mentir a los hombres sobre su valor real desde un primer momento y esto condiciona la totalidad -y credibilidad- de su punto de vista.

Este argumento también es otro ejemplo de misandria preestablecida: “La cultura occidental, aunque sometida al principio de la superioridad masculina, sabía reconocer, implícitamente, el valor biológico del sexo femenino. No es casualidad que en los naufragios se diera prioridad a las mujeres y a los niños” Quizás estas situaciones demuestren más bien como la sociedad ha repartido las ventajas y perjuicios entre los dos sexos de un modo más equilibrado de lo que al feminismo le gustaría admitir, y que contradice su maniqueísta y sencillísimo esquema de los hombres siempre privilegiados y las mujeres siempre discriminadas.

Si el criterio biológico hubiese sido la clave para salvar las vidas en los naufragios ni las mujeres ancianas, las que ya no estaban en condiciones de tener hijos, ni los niños demasiado jóvenes, los que aún no pueden valerse por si mismos y por lo tanto aún no resultan útiles para la sociedad, hubiesen tenido una posición en los botes salvavidas. En realidad, el criterio que más movilizó este tipo de acciones fue el de la compasión, un poderoso motivador de la conducta humana que se dispara en situaciones de sufrimiento y peligro. Pero no se potencia el mismo grado de compasión hacía los hombres que hacía las mujeres o los niños. De hecho incluso a los hombres se les ha educado para mostrar un mayor grado de empatía hacía estos dos grupos, sobre todo si se compara con la muy escasa empatía que debían experimentar hacía los otros varones. Se tenía y se tiene más piedad hacía el sexo femenino y los menores que hacía los hombres, y no se les salvaba la vida por un criterio práctico o biológico, sino sólo porque su sufrimiento era más difícil de aceptar, producía más dolor emocional si llegaba a ocurrir. Y los hombres respetaban esta norma que les discriminaba clarísimamente, llevándoles en muchos casos incluso a perder la vida porque no querían ver sufrir a mujeres y niños, mucho menos tratándose de sus esposas o hijos propios, y se sacrificaban ocupando su lugar. En este caso la vinculación de lo masculino al riesgo explica el suceso mejor que el argumento del mayor interés biológico. Un hombre joven y sano vale más biológicamente para la especie o la sociedad que una anciana o un niño que no puede valerse por si mismo o tardará aun muchos años en entrar en un periodo de actividad productiva o reproductiva. Es más, según la formación que hubiese adquirido, sobre todo en siglos pasados, podía ser más útil para la sociedad que muchas mujeres presentes en el mismo barco que naufragaba, y que desde el frío punto de vista del desarrollo y la economía eran idénticas a los millones de mujeres que quedaban en su país de origen. Pero aun así los hombres se llevaban la peor parte, porque entendían que el dolor masculino es menos importante que el femenino o el infantil, y sentían más piedad hacía estos dos grupos humanos de la que sentían hacía ellos mismos o los demás hombres. Yo creo que la vinculación de lo masculino al riesgo y la competencia extrema entre varones explican estos sucesos mejor que la supuesta superioridad biológica de la mujer, argumento por otro lado tan sexista como la autora de este artículo.

De hecho la siguiente cita demuestra una vez más el favoritismo subjetivo de la autora. “Pues a mí me parece lamentable la imagen de esas jóvenes madres soldados despidiéndose de sus bebés para irse a combatir.” ¿No es igual de lamentable que sea un hombre quien se despida de sus hijos antes de combatir? No. En el caso de una feminazi porque unas valen y merecen más que otros. Para la mayoría de la sociedad porque se nos ha inculcado que cualquier desgracia y sufrimiento es más difícil de aceptar si quien lo padece es una mujer. A esto también contribuye el que ante situaciones de dolor o peligro las mujeres sean educadas para ser más expresivas. Otro ejemplo de cómo la sociedad ha sido y es también hembrista, es decir que también se ha construido en buena medida alrededor del privilegio femenino y la discriminación masculina, situación agravada en la presente época como consecuencia del auge internacional del movimiento feminista y su trabajo mayoritariamente parcial en favor de la mujer.

“Los pueblos que no saben salvaguardar a sus mujeres –y a sus niños– no tienen futuro.” Nos dice la autora, dando a entender tácitamente que los hombres si podemos desaparecer, sin que ello condicione el futuro. Me pregunto cual es la postura de la autora en relación con el aborto, y si con esta línea de pensamiento tan tradicionalista no se planteará sino es necesario cambiar el modelo reproductivo por otro distinto, teniendo en cuenta la escasa tasa de natalidad de la mujer media occidental y el gran número de abortos voluntarios ocurridos cada año. Efectivamente, en su nuevo rol social muchas mujeres apenas desarrollan su capacidad gestante, y cuando lo hacen no siempre lo es en las condiciones óptimas de edad para el desarrollo de las nuevas generaciones, con lo cual, al margen del destacado papel reproductivo que en la teoría la autora les asigna, en realidad su aporte en este aspecto es muy bajo. De hecho hace tiempo que la pirámide poblacional europea está invirtiéndose y encontrándose con mayores dificultades para garantizar un correcto relevo generacional. La mujer media occidental no desea tener tantos hijos ni tan joven como las mujeres de otras épocas y culturas, y como consecuencia no los tiene en la práctica. Si seguimos con el análisis fascista darwinista de la autora ¿significa esto que las mujeres occidentales, al tener muchos menos hijos, deben ser consideradas menos valiosas biológicamente que las mujeres de otras culturas que paren más a menudo, y por lo tanto consideradas también sexo barato? ¿Igual criterio deberíamos aplicar a las mujeres estériles, postmenopáusicas o que se nieguen a pasar por un embarazo y parir? La realidad es que si seguimos la cruda argumentación de la autora deberíamos llegar a esta conclusión, claro está, si no se trata de beneficiar a las mujeres sólo por ser mujeres, que es de lo que en el fondo se trata. Pero la excusa de la autora para su postura sexista es el criterio de que ellas valen más porque dan a luz, así que al fin y al cabo está defendiendo posturas que pueden convertir también en sexo barato y por lo tanto dañar a un considerable número de mujeres. Siguiendo en su línea- y pensando apenas un poco más de lo que ella supone que los hombres somos capaces de hacerlo, más en realidad de lo que ha pensado ella, y todavía bastante por detrás de nuestro límite- debería entenderse que si los hombres valen poco la mujer que no puede tener hijos, no quiere, o pasa ya de la edad adecuada para gestarlos en las mejores condiciones también pierde mérito, y estaría en situación de poder convertirse eventualmente en sexo barato, pudiendo a partir de ahí considerarse justo el que compartiese con todo lo que esto conlleva las cargas peligrosas reservadas preferentemente para los hombres, o se corrigiese teniendo como mínimo un hijo si esta acción estuviese a su alcance. Incluso podría pensarse que las mujeres que sólo han parido un niño apenas aportan y establecer una jerarquía del valor de una mujer a partir del número de hijos que haya tenido

Pero puede ser que todo mi análisis esté mal hecho, y que la hembrista Remedios Morales tenga razón en lo que expone, y que los hombres seamos realmente el sexo barato y las mujeres el sexo valioso, como otras feministas radicales tan repugnantes como ella han defendido en numerosas ocasiones. Bien, si finalmente las cosas resultasen ser de esta manera, la solución nunca sería resignarnos, sino mejorar para dejar de ser el sexo barato hasta alcanzar una situación similar a la del sexo valioso.

En el desarrollo de nuestro masculinismo los hombres no tendremos que perder de vista posturas liberadoras que nos saquen de la posición de perjuicio que la sociedad nos ha impuesto, colocándonos en situaciones de clara discriminación respecto de las mujeres. Los hombres tendremos que ser muy decididos al romper muchos de los hábitos y estilos de vida que puedan favorecer la permanencia de este injusto orden de cosas. De esta manera saldremos de cualquier situación de desventaja y podremos potenciarnos como individuos y grupo, buscando situaciones más favorables en el presente y para los hombres de las próximas generaciones. El resultado de esta potenciación de la masculinidad será una suma de capacidades que beneficien al hombre concreto y al conjunto de los hombres, mejorando nuestra situación y dotándonos de medios y capacidades que nos fortalezcan y liberen, aunque en la actualidad algunas no estén ni siquiera disponibles. Así la comprensión de las deficiencias de la relación heterosexual y la potenciación de la bisexualidad o la homosexualidad, junto con el logro de la independencia reproductiva mediante la creación de óvulos y úteros artificiales, serán algunas de las reivindicaciones y búsquedas que tarde o temprano nos corresponderá realizar. Después de la crítica organizada al movimiento feminista y la aparición del masculinismo moderado llegará también el turno de un masculinismo radical, no basado en la violencia, ni la insolidaridad, ni la guerra de sexos u otras insensateces a las que ciertos sectores feministas se han mostrado tan proclives, pero si en un deseo y una acción constante y obstinada para eliminar cualquier obstáculo a la plena liberación masculina.

Y en ese momento, y haciendo arqueología, los hombres del mañana podrán leer entre los extractos de la literatura misándrica, la literatura del odio a lo masculino, este mismo texto u otro similar, sintiéndose muy por encima de todos sus errores y mentiras, y reforzados en su deseo de desarrollar su valioso potencial, muy superior al de las hembristas muertas que tuvieron una época pasada para intentar dañarles y limitarles, y que lo único que consiguieron, a pesar de todo su ignorante odio, fue añadir involuntariamente su propio granito de arena a su proceso de liberación.

Gustavo Revilla.

2 comentarios:

Guillermo Tell dijo...

Excelente artículo, aunque muy largo y por tanto lo leeran pocos. Quizás debieras reeditarlo y partirlo en tres.

El caso es que si los hombres por predisposición asumimos los mayores riesgos por el bien de la sociedad, en condiciones normales esa disposición se equilibra con la predisposición de la mujer a cuidar y con la subordinación del papel de la mujer respecto del hombre (sin eso significar que no seamos metafisicamente iguales en dignidad)y eso es el orden natural de las cosas.

Resulta alucinante que las mujeres se equiparen e incluso superen a los hombres en el rango que se les reserva en la sociedad sin arriesgar nada ni estar dispuesta a los mayores sacrificios por la comunidad. Esto es una burla, un escarnio y un desverguenza como nunca se ha dado. ¿Quieren las mujeres la máxima responsabilidad y las deferencias que a esta acompañan? De acuerdo, disponganse a subirse a los postes electricos, poner las manos en las vigas que se cuelgan desde los helicopteros, invitennos a cenar, mantengannos, vayan ustedes a la guerra y ese día podrán exiguir lo que de momento es un regalo de la familia Rockefeller en colaboración con los pijo-progres de lo politicamente correcto (lo decididamente injusto) para esclavizar más facilmente a la humanidad no financiera (casi todos).

Anónimo dijo...

Pues muchas gracias por haber leído el texto y la interesante reflexión que le has añadido Guillermo. La verdad es que es largo, pero teniendo en cuenta la gravedad del argumento de que los hombres somos, ni más ni menos, hace falta ser feminazi, "el sexo barato" me pareció necesario profundizar en el tema. Y gracias a Alephgaia por incluirlo en este blog, donde se analizan de un modo tan acertado casos de misandria cultural y que siempre aporta comentarios dignos de tenerse en cuenta sobre la realidad del sexismo antivarón. Hasta la próxima.

Gustavo.